Sumerios, egipcios, hindúes, celtas, hebreos, chinos, griegos, romanos y después los cristianos hicieron del corazón el centro de las emociones, el valor, la bondad y las virtudes. ¿Por qué asociamos corazón y sentimientos?
Una leyenda de los mapuches de Chile narra que un genio maléfico, Pillán, impedía a los habitantes de las inmediaciones del volcán Osorno cultivar sus campos, lanzando lava y cenizas y haciendo temblar la tierra. Un día, un misterioso anciano les ordenó sacrificar a la más hermosa virgen, arrancarle el corazón y enterrarlo bajo una rama de canelo, el árbol sagrado de los mapuches.
La leyenda prosigue que la virgen pidió morir en un lecho de flores y que, cuando su corazón fue enterrado bajo el canelo, apareció un cóndor que comió el corazón y llevó la rama hasta el cráter del Osorno, donde la dejó caer. Entonces nevó durante semanas, Pillán no pudo salir nunca más del cráter, y la nieve derretida formó los lagos de Llanquihue, Todos los Santos y Chapo.
Tenochtitlan era el corazón del imperio azteca. Numerosos dioses protegían la ciudad, y para asegurar su benevolencia, los sacerdotes abrían el pecho de las víctimas propiciatorias con cuchillos de obsidiana y ofrecían a los cielos −como los mapuches al Osorno− la sangre y los corazones aún palpitantes, la fuente de la vida, lo más valioso del ser humano.
HISTORIAS MILENARIAS
Y RETÓRICA GRIEGA
Cuando la humanidad comenzó a buscar el lugar donde se aloja el alma se fijó sobre todo en el cerebro y el corazón.
Los griegos, creadores de la retórica, pasaron siglos debatiendo el asunto de la ubicación del alma y los sentimientos. Platón apostaba por dos almas, una de las cuales, inmortal, residía en la cabeza, y la otra, mortal, habitaba el corazón y albergaba los sentimientos. Aristóteles optó por un solo lugar para las dos
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