Comer uvas, saltar las olas o salir a la calle con una maleta vacía son algunos de los ritos que los latinos utilizan para empezar bien el año, pero también la gastronomía y las tradiciones familiares en Navidad conforman su identidad.
La calle está iluminada, los escaparates se llenan de color; cuelgan guirnaldas y luces de las fachadas de edificios. Una puerta adornada con una corona de pino se abre. En el interior de la casa, una mesa exhibiendo sobre ella un pavo y, a su alrededor, los comensales, miembros de una familia que se han reunido como todos los años en las mismas fechas. Las llamas de una chimenea caldean el cuadro mientras en el exterior nieva. Un árbol de Navidad, con una estrella en lo alto, se alza en una esquina del salón con regalos a sus pies.
Es la típica estampa navideña. Sin embargo, en países latinoamericanos lo típico admite variaciones. De la postal que hemos descrito nos sobra la nieve y la chimenea, inútiles en verano. En Brasil, incluso, se cambia el calor de las llamas por la brisa marina. La celebración se lleva a cabo en la playa mientras se disfruta de fuegos artificiales, aunque esto es más propio de Nochevieja.
En cuanto al menú navideño, no es tan distinto de un lugar a otro. La comida cobra gran relevancia en estas fechas porque, como dicen los mexicanos, “hay que agasajar al invitado empezando por la panza”. Muchos países latinoamericanos son herederos de las tradiciones de los españoles o de los estadounidenses. Así que no falta el pavo (o “guacalote” como se le llamaba originariamente en náhuatl, de huexolotl), el jamón o el lechón en las casas más pudientes.
El punto de unión de todas las clases sociales son los tamales, que consisten en una
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