Unos 500 millones de personas en todo el mundo están infectadas con el virus de la hepatitis B o C y no lo saben, o bien creen que se trata de una simple gripe. A pesar de ser una de las enfermedades menos detectadas, las complicaciones asociadas, como cirrosis o cáncer de hígado, pueden ser muy graves.
Existen seis tipos de hepatitis, clasificadas de acuerdo con las seis primeras letras del abecedario. Las más habituales son la A, B y C, y también las más contagiosas. La hepatitis A, la menos mortal de las tres y con menos riesgo de cronificarse, es consecuencia de la falta de higiene y se contrae en ocasiones por la ingestión de agua o comida contaminadas, o bien por el contacto con restos de heces de personas infectadas. La B y la C se han convertido en las variantes más peligrosas y propagadas de esta patología que puede afectar no sólo al hígado sino también al páncreas.
Una de las características principales de la hepatitis B es que es asintomática hasta que el daño hepático es grave. En la fase inicial muchos de los afectados confunden la patología con una gripe, ya que a las décimas de fiebre que presenta el enfermo se le suelen añadir síntomas tan aparentemente “gripales” como inapetencia, fatiga, dolores musculares, náuseas y orina turbia.
DOS SEMANAS
Las personas diagnosticadas a su debido tiempo consiguen, en general, que las constantes vitales y hepáticas vuelvan a la normalidad en cuatro o seis meses, si bien la fase aguda de la hepatitis B suele durar dos semanas, o tres como mucho. Las pruebas principales para detectar si está o no infectado se basan en los análisis de los niveles de albúmina y de la función hepática.
Durante esa fase, no queda otra opción que guardar reposo, tomar
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