Cae el día en las callejuelas que se esconden detrás de la Casa de la Corregidora, en Querétaro. La tarde es tranquila y amarilla; los pasos de la gente vivarachos. Llegan de lejos las notas de un acordeón, mientras en la paletería de la esquina varias familias compran aguas de limón y de mango. En los rostros de los transeúntes de ésta, una de las ciudades tradicionalmente más seguras de México, se ven sonrisas largas y llenas de vida.
…O se veían. Algunos dicen que en los últimos meses las sonrisas de esta escena mexicana se han acortado, han encogido como rajas de lima recién exprimidas. No hay fotografías que lo prueben, ya que todas las sonrisas en tropel han tenido que esconderse detrás de mascarillas azules o profundos gestos de aplomo causados por las bofetadas del narcotráfico. Los constantes azotes a México no han seguido ningún patrón de justicia.
NARCOVIOLENCIA Y GRIPE
Sin duda la influencia porcina ha llegado en el peor momento y cuando México menos la necesitaba. Ya estaba en el carril rápido a la degradación a ojos internacionales tras los escándalos de la guerra del narco. La gripe A (H1N1) ha mandado de vuelta a casa a los pocos turistas que quedaban en tierra; con ellos se ha ido no sólo una importante fuente de ingresos nacionales, también millares de voces que podrían contar de las maravillas del país de las tardes amarillas. Las mascarillas, la alarma sanitaria, los escándalos del narcotráfico y la inmigración siempre temida por el norte han hecho a México protagonista de titulares en diarios de todo el mundo.
Y la imagen que han mostrado no ha podido ser más desoladora: ciudadanos asustados y dubitativos sobre las acciones de su gobierno, el presidente Calderón pidiendo a
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