Gana el Mundial una España cuyos males hoy son muchos: el segundo doble déficit del mundo, un 20 por ciento de desempleo, una clase política desprestigiada y un encendido debate sobre la identidad nacional. Somos por primera vez Campeones del Mundo y esta victoria en cierto modo habla de un conflicto antiguo y de un país atormentado. Pero también de cómo esta vez el fútbol puso puentes donde la política no pudo.
Se tomó un par de minutos de más frente al espejo. Esta vez, el fútbol quería una máscara perfecta. Las ha lucido de todo tipo. De cortina de humo, en Argentina en 1978, cuando a la par que se libraba el Mundial que le daría la victoria al anfitrión “desaparecían” multitud de personas a manos de una feroz dictadura. De máquina asesina, en la que el gran corresponsal polaco Ryszard Kapuscinski bautizaría como “guerra del fútbol” entre Salvador y Honduras en 1969. Un partido entre ambas selecciones nacionales fue el que entonces incendió tensiones políticas y llevó a un conflicto armado de cien horas. De catalizador de enemistades, de anestésico, de compensación de frustraciones, de bastión para identidades reprimidas. El fútbol es así un termómetro social y algo mucho más serio que una cuestión de vida o muerte, como decía Bill Shankly. Un reino mágico según Pacho Maturana. Poesía colectiva de acuerdo al filósofo francés Edgar Morin. En España, un cuentacuentos.
LÁGRIMAS COMO CAMIONES
Sonsoles Guevara lo vio y lo supo: como ella, en ese momento toda España estaba llorando. Iker Casillas acababa de clavar las rodillas en el césped tras el pitazo que marcaba el final del último partido. En el lapso de los minutos que siguieron, un abrazo destruyó las gafas de un amigo de mi padre, una de mis amigas de la infancia se reconcilió con
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