calle para manifestarse contra una sentencia del tribunal constitucional que declara inconstitucionales varios artículos del Estatuto de autonomía de Cataluña, aprobado en 2006. La sentencia ataca entre otros la primacía de la lengua catalana en la esfera pública y el uso del término ‘nación’. Y muchos dicen que no ha sido publicada casualmente coincidiendo con el atontamiento del mundial. Los catalanes se quejan del tribunal por ilegítimo, por tardar cuatro años en parir una sentencia que consideran injusta. Así, el sábado, multitud de banderas catalanas y pancartas con mensajes “somos una nación, nosotros decidimos”. El domingo, las mismas calles llenas de banderas españolas, por la victoria. Política y fútbol, de nuevo.
Donde las rencillas no alcanzaron, y éstas están tanto en la vida como en el deporte, tanto en los mundiales como en los cimientos de este país del que soy expatriada, llegó el fútbol a construir puentes. Internacionalmente, los de una justicia extraña: ganó el juego limpio. Dentro de las fronteras, los de una reconciliación súbita, en ambas estúpida y brillante. Unos dicen que si los españoles se movilizaran como lo han hecho por el fútbol otro gallo nos cantaría. Otros que los problemas se quedan, con conciencia, pero que no discrepan con una alegría desbordante. Una de cal y otra de arena.
Los dos minutos de más en el tocador merecieron la pena. Esta máscara se recuerda. Esta máscara sí que es diferente.
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