Al escribir este editorial siguen en la retina las imágenes del terremoto en Haití. Los rostros empolvados, las caras de dolor, las imágenes dantescas de cadáveres sacadas de una escena premonitoria del fin del mundo. Haití es quizás el peor desastre de la era moderna, no solo por su magnitud, sino porque la tecnología pudo poner ante nuestros ojos la cruda realidad, como nunca antes.
Si bien el tsunami de Indonesia o el terremoto en China fueron devastadores, la cantidad de información disponible sobre la tragedia en Haití ha logrado sensibilizar al planeta entero.
Cuando la gente dice, no es justo que Dios castigue a un pueblo tan pobre, no tiene razón. Este no es un castigo de nadie y menos de Dios. La naturaleza se ensañó con un pueblo que vive en la pobreza para que pasara a vivir en la miseria, no por gusto, sólo porque no nos hemos dado cuenta que somos frágiles, que no podemos controlar los fenómenos naturales, que no somos dioses o los amos del Universo.
Este es solamente un mensaje para que entendamos que muchas de nuestras ciudades están construidas en zonas de riesgo, sobre fallas tectónicas, terrenos inundables, aledañas a volcanes activos y a tantos otros sitios que en cualquier momento pueden ser borrados del mapa.
Si bien en algunos casos es imposible su reubicación, es importante pensar en planes de emergencia, códigos de construcción, refuerzo de estructuras. No podemos seguir retando a la naturaleza y después culparla por algo que ya sabíamos que podía pasar. Las viviendas en Haití ni estaban preparadas para un sismo, ni mucho menos para los huracanes que cada año hacen escala en la isla, y no hicimos nada para solucionarles el problema.
Haití nos necesita, quizás esta tragedia sea el mensaje para que ayudemos
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