EL CARIBE MEXICANO,
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Ahí se erige. Altiva, repletísima de fortalezas blindadas – castillos de interminable cristal y fachada que bloquean el azulísimo turquesa, amenazando con comérselo un día de apetito y de viento. Cuentan los taxistas locales que cuando el devastador huracán Wilma azotó la zona hotelera de Cancún en octubre de 2005, las moles de piedra, cristal y boato estaban de pie de nuevo en tres semanas. Cuán diferente de la recuperación del Cancún interior, donde no había dólares ni euros inyectados en sangre. Cuán diferente de la actual convalecencia de Haití, dejada y predispuesta a la no-existencia, al pillaje, a la hecatombe. Al olvido dentro de unos pocos días y otras pocas páginas de diarios. El Caribe mexicano es una zona propensa a ser azotada por ciclones. Pasaron Gilberto, Wilma y Dean. Dejaron la amenaza sobre la mesa – la naturaleza siempre es más fuerte. El hombre, incauto como es norma, aceptó el reto. Se ha seguido construyendo monstruosamente en este parche de costa, donde los mega-resorts se codean con las ruinas mayas. CANCÚN Cancún es tan sólo la cara más comercial del tupé caribeño de México. Es una muralla. Al manejar a lo largo de la zona hotelera se asomarán a tu auto gigantes señales de neón, alcazabas norteamericanas como Señor Frogs, Chili´s y Hooters, discotecas estruendosas. Ni un retazo de océano a la vista del automovilista. A un lado cadenas de hoteles, al otro lado la parda laguna. Cancún se licenció con honores en verticalidad, en densidad, en margaritas, en estrépito. Se enfermó a pulso de superdesarrollo, alias gigantismo. En Cancún se paga en dólares. $50 por la entrada a la mayoría de los clubes nocturnos −casi 600 pesos mexicanos, el equivalente a manjares de tacos durante una decena de días. Aunque las discotecas ... |
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