Tocar y que nos toquen, además de un estímulo, es una necesidad para nuestro equilibrio psicológico y emocional. Es una las herramientas clave con la que nos vamos construyendo como personas en la interacción con los demás, y con la cual vamos forjando nuestra autoestima y habilidades sociales.
Las miradas, la expresión facial, la sonrisa, los gestos, los abrazos, las caricias... Son los ladrillos que conforman todo un lenguaje con significación propia.
Dentro de los diversos tipos de comunicación no verbal, la táctil es una de las que menos se prodiga, pese a su gran potencial, entre otras cosas porque el hecho "tocarse" está sujeto a tabúes, prejuicios y normas sociales.
El contacto manual con los demás es una experiencia sanadora, tanto para quien lo da como para quien lo recibe. Asimismo, puede ser una valiosa fuente de información sobre las personas.
Cuando somos bebés, no utilizamos las palabras para comunicarnos porque todavía no hemos tenido tiempo suficiente de aprender el lenguaje verbal.
Nos relacionamos con los demás y con el mundo, mediante el lenguaje no-verbal, es decir, sin palabras: mediante el contacto físico, la mayor proximidad o distancia, el llanto, la risa, los gestos de la cara y manos, los movimientos de nuestro cuerpo.
A medida que pasan meses y años, aprendemos y usamos el lenguaje verbal, que acabará predominando en nuestra comunicación. Las palabras van sustituyendo a lo no-verbal y su inmensa riqueza, ya que cuando el cuerpo “habla” lo hace con una autenticidad, intensidad y alcance, que están más allá de lo que pueden transmitir las palabras por si solas.
Las miradas, la expresión facial, la sonrisa, los gestos, el volumen, entonación e inflexión de la voz,
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