Daniela se aprendió a voltear cuando era apenas un bebé después de pasar horas intentándolo, cuando empezó a dar sus primeros pasos se caía y se volvía a levantar hasta que pudo caminar. Al entrar a pre-escolar cuando terminaba de hacer sus tareas buscaba quién de sus compañeritos necesitaba ayuda y cuando fue al Kinder su mejor amigo era ciego y ella se convirtió en sus ojos.
Recuerdo que muchas veces llegó a casa con su lonchera sin tocar por ayudar a Daniel en la hora del recreo. Al llegar a este país sus hermanos le hacían bromas y le pronosticaban que se graduaría de cajera en JC Penny, pero para sorpresa de todos, su puntaje le alcanzó para ingresar al mejor colegio del condado.
Durante estos años ha sido frecuente, al levantarme en la noche, ver que la luz de su cuarto estaba encendida y al entrar a apagarla, la veía estudiando junto a una taza de café, no sé si no se había dormido o estaba levantada temprano, pero estaba ahí estudiando un poco más para poder responder a una educación exigente como la que tenía. Sus fines de semana o las tardes están llenas de compromisos como presidenta de uno de los clubes del colegio, o trabajando como editora del anuario, o en alguna actividad comunitaria.
A finales del año pasado Daniela recibió su aceptación en la Universidad que quería a la carrera que quería, ese era el premio a las miles de horas de estudio, de trasnochadas, a las más de 300 horas de servicio comunitario. Pero también, era el resultado de un plan que desde pequeña había trazado para alcanzar su meta a base de lucha y dedicación.
Anoche decidí inspirarme en la historia de mi hija Daniela, porque tradicionalmente en enero muchos de mis lectores estarán planificando sus propósitos de este año.
Seguramente algunos de ustedes leerán la entrevista que le hice al conocido autor y motivador Camilo Cruz y que aparece en esta edición, donde él dice que su propósito del año fue dejar de hacer propósitos y dirán qué hace entonces Luis Eduardo hablando sobre propósitos. Por eso pensé en Daniela, porque ella no hizo una promesa pasajera, lo que hizo fue un plan de vida, e ir a la Universidad es solo un paso en la consecución de su meta.
Las famosas resoluciones que escuchamos en estos
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